El actor mexicano Carlos Villagrán está en La Paz para presentarse con el Circo del Sol
Kiko: Siempre fue necesario reírse, pero hoy es obligatorio

La Prensa : La Paz - Bolivia Edición de dezembro 19, 2003

Es para siempre Kiko, el “niño bien” de la serie más querida de la historia de la televisión latinoamericana.Los periodistas se sientan y abren sus orejas expectantes. “Muchas gracias en primer lugar. Segundo, con permiso, eso es todo”, y se larga. “Es broma”, y vuelve a su sitio.
Empiezan las preguntas. Casi dos horas durante las cuales ningún reportero mirará su reloj. Entretanto, Kiko agarra el micrófono de Unitel y se lo aplica a las axilas como desodorante. Es el primero en romper el hielo: “Esto es una charla de cuates, siempre hemos sido parte de la familia. Pregunten, pregunten, que yo lo aguanto todo, como los borrachos”.
Ni siquiera las preguntas sobre las discordias con Chespirito, protagonista y autor de El Chavo, le hacen perder la sonrisa ni la fe en el hombre.


—¿Carlos o Kiko?
—Arnold Swartchzeneger.

—Soy del programa... (comienza un colega de la televisión)
—Y a mí qué me importa (Kiko vuelve a traicionar a Carlos). No, es broma, sigue por favor.

—¿Cuánto tiempo hace que no pasaba por Bolivia?
—Hace once años que estuve acá, tenía muchas ganas de volver.

—El otro día en uno de sus episodios aludían al Año Mundial de la Infancia (eso fue en 1978), veinticinco años después y con éxito.
—Sí, en toda América sigue habiendo repeticiones con alto rating. Pero no sólo aquí, también en Alemania, Corea, Rusia...

—¿Por qué tanto éxito?
—Lo que más agradece el público de hoy es ese humor sano, frente a la gran violencia de los juegos de video. El Chavo no traía sexo ni violencia, pero tampoco era moralista. Ofrecía una realidad llevada a la exageración, hasta el humor, pero sin maquillarla: el Chavo vive en un tonel, Kiko no tiene padre porque éste tuvo un accidente y descansa “en pez”: se lo comió un tiburón.

—En principio El Chavo no era un programa para niños...
—No, ni siquiera era serie. Empezó como un sketch donde caricaturizábamos a los niños. Además, los programas no tendrían que tener etiquetas: si te gusta, es bueno.

—Frente al pobre Chavo, Kiko representaba al mimado niño de mamá.
—Sí, pero Kiko no era malo. Es por influencia de su madre, doña Florinda (una rica venida a menos que no acepta vivir en el mismo barrio que don Ramón), por lo que grita “chusma, chusma”, pero juega con todos. Es un villano querido.

—¿Y los cachetes? ¿Te colocas algo para que se te abulten?
— No, no. Vengo deforme de fábrica. Otros lo intentan, como ese Marlon Brando, pero no les sale.

—Hace semanas la Chilindrina obtuvo un fallo favorable que le permite usar el personaje sin pagar derechos a Chespirito. ¿Qué opinas?
—Es que es suyo. Es como si Cantinflas hiciera una “peli” y quisiera que todos los personajes le pertenecieran. Nosotros fuimos añadiendo muchos ingredientes a los personajes: esto que yo hago (emite un sonido gutural, el peculiar llanto de Kiko) no puede ser de él (Roberto Gómez Bolaños), lo hago desde niño. La ropa de Kiko era la que yo me ponía para una obra de teatro antes de la serie. Estoy muy agradecido a Chespirito, pero él no se da cuenta de muchas cosas.

—¿Qué relación mantiene con Roberto Gómez Bolaños, Chespirito?
—Con Bola de Años... perdón, con Bolaños no hay relación ni para bien ni para mal.

—¿Qué le dirías si lo tuvieras delante?
—Gracias. No seré juez de nadie. Digo mis verdades como que el Kiko es mío. Estuve con él en su homenaje, le di un beso y las gracias. Cuando lo saludé, vino la mayor ovación para Kiko. Luego, al publicar el video del acto, eso lo editaron. A la conferencia que dieron Bolaños y la Chilindrina a la prensa no me invitaron.
Antes éramos una familia, nos queríamos mucho. Los programas eran de memoria. Sabíamos siempre qué decir, a qué tiempo y a qué cámara. Estoy un poco decepcionado por eso. Siempre los grandes grupos tienen el ejemplo de Los Beatles; por hangas o mangas se disuelven. La envidia, el egoísmo, el celo profesional, lo peor que tenemos cada uno dentro siempre aflora.

—¿Cómo sobrevino la ruptura?
—Después de la serie hacíamos giras de conjunto. Ocurría que el 70 por ciento de las preguntas de la prensa eran para Kiko. Es por eso por lo que me sacaron del programa. En solidaridad se sale Ramón Valdez, y don Ramón era el eje del programa. Sin él, ¿a quién iba a amar la Bruja del 71? Doña Florinda se quedaba sin hijo y sin nadie a quién pegar, la Chilindrina huérfana, el Chavo sin protector... Ahí se acabó todo.

—¿Qué prefiere: televisión, teatro, circo?
—Lo bueno del circo es la cercanía del público. En esta gira con Circo del Sol, que empezamos en Santa Cruz, a veces estiras la mano y saludas al abuelo, que era padre joven cuando El Chavo; al padre, que era niño, y al bebé.

—¿Cuesta ser niño a los 59 años?
—Me tengo que cuidar, no engordar, seguir joven. Mi peor enemigo es el Kiko de entonces, porque mientras el actor crece, él sigue entre sus ocho y diez años.

—¿Qué hará cuando se retire?
—Algún día tendrá que ser. Me gustaría escribir y dirigir cine o tele. Aunque si hago balance de la vida, le salgo debiendo.

—¿Qué opina Kiko de esta guerra contra Irak?
—Kiko es muy bruto, nunca ha pasado de grado, no podría opinar, o se preguntaría (hincha los cachetes, pone la voz y el gesto estupefacto de Kiko): “¿Por qué no se avientan piedras?

—¿Y Carlos Villagrán, qué opina?
—Es agravar el problema con otro peor. Sadam es un tirano que coloca un rifle en las manos de cada niño que nace, pero Bush quiere ser el juez del mundo. Siempre fue una necesidad reírse, pero hoy es una obligación.